Tempus Fugit (2018)
La cosa iba bien hasta el día que me habló uno de los leones.
Aquel león de granito había cobrado vida ante mis ojos. Las piernas se volvieron chicle. La lengua, trapo mojado. Ni en mis sueños más salvajes, pensé, mientras intentaba recobrar la compostura. Me froté los ojos, me tapé la nariz y soplé fuerte para desatascar los oídos.
No surtió efecto: mi locura era evidente. Sentado junto a la columna y sumisamente apoyando su hocico en mis pies, esperaba a que se me pasara el susto. Si este león no era real y había perdido la cordura, mañana sería el hazmerreír del pueblo. Los paseantes no verían más que a un enajenado hablando con un monumento de piedra. Con suerte, a estas horas de la tarde, le echarían la culpa al vino.
“Para mí la vida es eterna. Pocas cosas me hacen daño”. Su cara estoica tenía los ojos brillantes y su boca hablaba sin palabras. “Pero tú tienes el tiempo contado. Malgastas tus días preocupado, buscando protegerte de la tristeza, del dolor y del rechazo. Como eres eficiente, el muro que estás construyendo es impenetrable. Ni siquiera la alegría, el placer o el amor pueden traspasarlo”.
“Destruye el muro o conviértete en piedra”, sentenció solemne.
Con el mayor de los rugidos, mi león de granito recuperó su postura original, y al bajar el sol en el horizonte, ya había vuelto a su sueño eterno. Yo aún masticaba sus palabras, intentando tragar una lección que ya sabía, pero que escocía asimilar.
Junto a sus pezuñas brillantes, se escondía una pequeña placa dorada con la inscripción “Tempus Fugit”.
Uno no puede negarse a los mensajes del destino, sea su origen una alucinación espontánea o la presencia de la verdadera magia.
Cogí el móvil y la llamé.
