La prefectura de Kanazawa se despertó con el silencio que precede a los grandes desastres. Días atrás habían comenzado los rumores de que las tropas del país vecino, Nekoan, se dirigían hacia allí con intenciones muy distintas a las usuales de diplomacia. Kanazawa era una joya en el mapa, la entrada fronteriza de un país de paz y estabilidad, con una cultura que ponía la sabiduría y la conciencia en lo más alto de su pedestal de valores. Kenrokuen era un país rico en recursos naturales y equitativo en su distribución, un ejemplo para los países vecinos. En el caso de Nekoan, más que ejemplo era envidia. Nekoan se hundía en el crimen, en la miseria, en la desigualdad y en la ignorancia. Durante siglos se había olvidado todo lo importante y ahora estaba habitado por generaciones de desencantados, resignados y una ley del más fuerte agresiva y totalitaria. Su gobernante, Malek, solo podía pensar en una solución: quizá las riquezas de Kenrokuen ayuden a solventar el...