Si me viera mi madre (2018)

 -  Si me viera mi madre...


Jacinto sonrió a su reflejo mientras hacía los últimos ajustes en su vestuario. Su corpachón se enfundaba en el brillante vestido de satén, casi reventaba en la cremallera lateral que, ajustadísima, se ondulaba creando las curvas de las que su cuerpo naturalmente carecía. El corsé terminaba en los pechos de silicona, de acabado natural, cuyo límite había conseguido camuflar con maestría y maquillaje convirtiéndolo en su propia piel. Acarició Jacinto cada ribete, cada trocito de encaje y cada lentejuela, respirando con ilusión, suspirando con miedo. Se veía guapo después de todo, en aquel solitario e improvisado camerino.  


Con las manos temblorosas y maldiciendo las uñas postizas, repasó con negro la línea de las pestañas en sus ojos pardos de sesenta años. Se recordó, más joven e inexperto, realizando clandestinamente el mismo movimiento. Mientras cubría su piel con capas de maquillaje, sus párpados de azul violáceo y su cabeza con una estilizada peluca, podía verse con más claridad que nunca. De esta guisa, disfrazado de pies a cabeza, no quedaba espacio para llevar la máscara invisible con la que había cargado todos los días de su vida.   


El niño Jacinto se dio cuenta pronto de que era diferente al resto y con esa realización, también vino la de que ser diferente no era seguro. No lo notarían, se contaba, si se fijaba en el más correcto de sus amigos y lo imitaba. Algún niño ejemplar, de esos a los que sus padres sólo miran sonriendo. Si era necesario, rezaría para que no se viera. El niño Jacinto se escondía como la luna nueva, presente y sin embargo velada. Que su padre no le viera, dios mío, que no le hiciera desatar su voz de tormenta. Que diría don Francisco al darse cuenta de que su único hijo era un desviado, un bujarra, un marijuli. En su imaginación de niño, sólo había dos destinos posibles: el rechazo de sus padres o, peor si cabe, que tratasen de arreglarle lo que tenía roto. 


Al crecer, el joven Jacinto se volvió muy ducho en todas las artes del escapismo cotidiano. Sorteó las preguntas indiscretas y viajaba muy lejos de su pueblo para encontrarse con sus amigos. Se hizo abogado y se creó una reputación impecable. Incluso en esas, soñaba a veces con confiarle a alguien su verdad. Quizá a una de sus amigas. Quizá a su madre. Pero para él, cualquier confesión llegaba demasiado tarde.  En todos los escenarios imaginados, su desnudez acababa en una pesadilla de laberintos angostos, sin salida posible. Sería mejor callarse, pensaba, hasta que el tiempo haga que la máscara se funda con la esencia y hasta él mismo pudiera creerse sus mentiras. Entretenía la idea de que,  en ese momento, conseguiría relajarse y ser feliz.  


Pasaron los años en procesión, acumulando glorias profesionales y amigos influyentes en todas partes. Se había convertido en el hijo al que sus padres miran con el orgullo por los logros conseguidos y con el lamento que da el miedo a morirse y dejarle solo, sin haber encontrado aún a nadie con quién compartir la vida. Jacinto esquivaba con destreza preguntas, insinuaciones y las presentaciones de otra Fulanita, amiga de tal, que también es soltera y profesional.


Todo iba a la par bien y mal, hasta que doña María enfermó y a Jacinto se le soltó una de las gomas de la máscara. No se le había ocurrido que la máscara no es tan fácil de llevar cuando el dolor te aturulla los sentidos. Con la pena y la cercana presencia de la muerte, no quedaba energía para seguir interpretando su papel con la maestría que acostumbraba. Jacinto se veía como una figura de porcelana de piernas rotas. Exquisito y lustroso por fuera y sin embargo, incapaz de sostenerse. Con los huesos doloridos y el alma en carne viva, decidió dejar la abogacía para cuidar a su madre en sus últimos meses. 


Doña María tenía el cuerpo postrado, pero la mente despierta en los días de menos achaques. Le pedía a Jacinto que le leyera, porque ver la televisión era otra manera de estar solo, y así hacía cada tarde, pasear por las obras favoritas de su madre. Con sus comentarios jocosos y notas al pie, doña María le dejó ver que sabía de la existencia de la máscara y los secretos que tras ella guardaba. Desde hacía mucho,  y si la apurabas, quizá desde siempre. Mientras la vida se le escapaba de las venas, le habló a su hijo de muros, de barreras y disfraces, de que ella se había puesto unos pocos a lo largo de su vida y se le habían clavado, como unos zapatos apretados y mal cosidos, robándole la alegría de caminar. Y qué alivio sintió al quedarse descalza y escoger unos zapatos hechos solo para ella. Jacinto notó el peso solemne de su máscara en los pómulos. La máscara estaba hecha, ahora se daba cuenta, del más pesado de los plomos.  


-  Hora de salir, cariño. 


La áspera voz de Coqueta Lamour, presentadora del espectáculo, le arrancó de cuajo de sus recuerdos como a una fruta madura. Jacinto sentía, sin embargo, que aún estaba verde, que aquello no le traería más que nuevos riesgos y más voces críticas. El miedo a salir ahí fuera, a ser observado sin su máscara, le paralizaba las rodillas, ya temblorosas por tener que sostenerse en aquellos aparatosos zapatos de tacón. Entonces recordó que no hacerlo significaba quedarse de nuevo solo, atrapado en el zulo de su mente, desconocido por todos y desarraigado de sí mismo.  Eso sí que le daba terror. 


Llegó el momento de salir a la luz.  Oyó las primeras notas del bolero que había elegido y su nombre artístico en los altavoces. 


-  Tenemos chica nueva en la oficina… ¡Diva Púrpura!


El ruido sordo de los aplausos y los silbidos del público le llenó el pecho y le puso los vellos de punta. Entre un mar de desconocidos, estaban los rostros de los amigos que habían visto a Jacinto sin máscara y habían declarado que él era más que suficiente. 


Apartó las cortinas de terciopelo con ansia. Pies ligeros y mirada libre, se entregó a su interpretación en cuerpo y alma. Al dar la vuelta con la bata de cola, no pudo evitar pensar con alegría:


“Si me viera mi madre”. 




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