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La prefectura de Kanazawa se despertó con el silencio que precede a los grandes desastres. Días atrás habían comenzado los rumores de que las tropas del país vecino, Nekoan, se dirigían hacia allí con intenciones muy distintas a las usuales de diplomacia. Kanazawa era una joya en el mapa, la entrada fronteriza de un país de paz y estabilidad, con una cultura que ponía la sabiduría y la conciencia en lo más alto de su pedestal de valores. Kenrokuen era un país rico en recursos naturales y equitativo en su distribución, un ejemplo para los países vecinos. En el caso de Nekoan, más que ejemplo era envidia. Nekoan se hundía en el crimen, en la miseria, en la desigualdad y en la ignorancia. Durante siglos se había olvidado todo lo importante y ahora estaba habitado por generaciones de desencantados, resignados y una ley del más fuerte agresiva y totalitaria. Su gobernante, Malek, solo podía pensar en una solución: quizá las riquezas de Kenrokuen ayuden a solventar el...
- Si me viera mi madre... Jacinto sonrió a su reflejo mientras hacía los últimos ajustes en su vestuario. Su corpachón se enfundaba en el brillante vestido de satén, casi reventaba en la cremallera lateral que, ajustadísima, se ondulaba creando las curvas de las que su cuerpo naturalmente carecía. El corsé terminaba en los pechos de silicona, de acabado natural, cuyo límite había conseguido camuflar con maestría y maquillaje convirtiéndolo en su propia piel. Acarició Jacinto cada ribete, cada trocito de encaje y cada lentejuela, respirando con ilusión, suspirando con miedo. Se veía guapo después de todo, en aquel solitario e improvisado camerino. Con las manos temblorosas y maldiciendo las uñas postizas, repasó con negro la línea de las pestañas en sus ojos pardos de sesenta años. Se recordó, más joven e inexperto, realizando clandestinamente el mismo movimiento. Mientras cubría su piel con capas de maquillaje, sus párpados de azul violáceo y su cabeza con una e...