Lo que siento al escribir (2018)
Hoy me siento a escribir y mis dedos se apoyan pesados en las teclas del ordenador.
Ayer, sin embargo, volaban ligeros y salvajes por las letras como palomas callejeras.
Si observas la escena, te parecerá que más que escribir, me peleo. Con el ceño fruncido, trato de atrapar los pensamientos y transformarlos en palabras. Con el rostro serio, trato de cazar a los gorriones furtivos de la inspiración. Son veloces y audaces. A veces, los atrapo. Otras, se me acercan hasta la nariz y me trinan burlonamente para marcharse al limbo creativo del que han venido. Me enfado. Gruño. Me resigno.
Cuando veas que sonrío a la pantalla, es que estoy sumergida en una película. Los detalles de la escena se pintan en la mitad de mi frente, suaves como una acuarela. Los párrafos se escriben solos y puedo relajar los dedos, que se ponen a bailar una canción silenciosa. Es un estado de placer del que espero no salir en mucho tiempo, pero que inevitablemente termina abrupto. Alguien, o algo, llama a la puerta de la sala de proyectores. Me distraigo y cuando quiero volver a poner la película, esta ha salido en llamas.
Lo que siento al escribir es, sin embargo, amor puro. Mi humanidad lo llena de dudas, me hace sentir extática y me lleva por el abismo de la inseguridad. Me hace sentir vulnerable, insignificante y a la vez, eterna.
Quizá lo más importante no es lo que siento al escribir, sino que al escribir, siento.
