La chaquetía (2018)

 A María le gustaba mirar por la ventana de su casa en la tarde del día de todos los Santos. Ese día que siempre comenzaba con silencios, recuerdos y añoranzas, acababa con una nota de alegría. 


Los chiquillos bajaban la calle con sus meriendas de otoño, con sus gritos, con sus risas. Le gustaba imaginar que corría con ellos, con el viento de cara y el sol de frente. Con el placer con el que un niño corre, sin ninguna prisa. 


Cerraba los ojos María, para sentir el calor de los últimos rayos de sol antes de la llegada del invierno. También para retener la belleza de la vida en sus retinas y grabarla en su memoria. 


En sus manos de ochenta años, sostenía la taza de café de por la tarde. Los pequeños y vagos pasitos de su perro Pancho se acercaron para llamarle la atención. 


- “Ay, viejo reviejo.” - le dijo con cariño, mientras le acariciaba la blanca cabeza. “Qué haría yo sin ti en tardes como esta”. 


Los ojos negros de Pancho le hicieron de espejo. Se vió a sí misma curvada, pequeña y sin embargo, amada con la incondicionalidad con la que sólo puede amarte un perro. 


- “Cuando ya no queda nadie para mirarte así, qué fácil es olvidarse de quién eres. Pero tú me lo recuerdas. Llevo toda la vida en este pueblo y todo el mundo sabe quién soy.  Soy la hija del Tomás. Soy la panadera. Soy la madre de nadie y la abuela de nadie. Soy la tita de todos. Y aunque todos se saben mis mil nombres, la María de aquí adentro la conoces tú y poco más”.


Pancho se sentó a sus pies y giró la cabeza, esperando el resto del discurso.


María se rió, porque el viejo y gordo Pancho era también como ella: un niño curioso y lleno de alegría en un envoltorio lento, que no le daba para moverse con la agilidad de antaño. 


Tocaron a la puerta. María pensó que sería la vecina, que a veces se pasaba a jugar a las cartas. 


- “Juana, no tengo muchas ganas yo hoy de echar la tarde…”

- “¡Tía María, deme usted la chaquetía,
  los pollos de mi tía,
  unos cantan y otros pían
  y otros piden

¡castañas cocías!”


Un grupo de niños de varias edades agitaba sus bolsas de plástico y gritaba los versos, expectantes y risueños.


-” Voy a ver qué tengo, esperad… “


Salió de su casa con la cesta de castañas asadas y repartió entre los niños con prisa, con los ojos brillantes de la alegría que aquel momento inesperado le había brindado. Estaba tan feliz que había ignorado completamente a la figura alta, recta y elegante que les acompañaba. 


- “¿Y para mí no hay?” 


A María le dio la vuelta el cuerpo, el pecho y el corazón, al que se le había olvidado latir. Respiró hondo. En ese rostro había arrugas, una sonrisa y unos ojos azules de hielo cristalino. Con esos ojos había celebrado muchas Chaquetías de niña. De moza, muchas verbenas. Un primer beso a escondidas y muchos paseos calle arriba, calle abajo, cogidos del brazo, mientras oían murmurar a las vecinas, que les espiaban detrás de las puertas entornadas.


Hasta que un día, Ojos de Hielo tuvo que irse. Entonces, a ella empezó a olvidársele que había una María detrás de todos aquellos nombres con los que otros le habían bautizado. Sin Ojos de Hielo, dejó de mirar a los demás hombres del pueblo y se convirtió en la tita de todos.


- “Luis. No me lo puedo creer. ¡No me lo puedo creer!”


- “Anda, cógete una chaqueta. Y a ese perro que tienes detrás, que no me dejará llevarte sin él.” 


El café se había quedado frío. La casa, sola. La cesta de las castañas, vacía. El corazón de María estaba, de repente, lleno. Cuánto amor podría salir de los ojos negros de un perro o de los de un chico con los ojos de hielo.  


Calle Madrid abajo, caminaron.  Con el viento de cara y el sol de frente. Rodeados de niños, aroma de castañas y recuerdos en la memoria.


- “Bueno, ¿y qué has estado haciendo este ratino?” - preguntó María, riendo.


Luis la miró de reojo y le apretó más fuerte el brazo. 


- “¿Yo? ¡Pues nada! Intentando encontrar el camino de vuelta, supongo”.  




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