- Si me viera mi madre... Jacinto sonrió a su reflejo mientras hacía los últimos ajustes en su vestuario. Su corpachón se enfundaba en el brillante vestido de satén, casi reventaba en la cremallera lateral que, ajustadísima, se ondulaba creando las curvas de las que su cuerpo naturalmente carecía. El corsé terminaba en los pechos de silicona, de acabado natural, cuyo límite había conseguido camuflar con maestría y maquillaje convirtiéndolo en su propia piel. Acarició Jacinto cada ribete, cada trocito de encaje y cada lentejuela, respirando con ilusión, suspirando con miedo. Se veía guapo después de todo, en aquel solitario e improvisado camerino. Con las manos temblorosas y maldiciendo las uñas postizas, repasó con negro la línea de las pestañas en sus ojos pardos de sesenta años. Se recordó, más joven e inexperto, realizando clandestinamente el mismo movimiento. Mientras cubría su piel con capas de maquillaje, sus párpados de azul violáceo y su cabeza con una e...